Amor sanante y elevante

Imagen relacionada

Autor: Padre Antonio Rivero L.C.

¡Cuántos hombres hay caídos al borde del camino, maltratados por la vida, por salteadores. Hombres que yacen ahí tirados sin nadie que se acerque a ellos.

Tal vez nosotros, en algún período de la vida, estuvimos en el suelo golpeados hasta que un buen día pasó Cristo, buen samaritano. O quizá, no sé, estemos ahora postrados, desilusionados, apaleados por el egoísmo o por mil tentaciones.

Si así fuera, pidamos: «¡Oh, buen samaritano! Crúzate hoy en mi camino. No des rodeos, no me saques la vuelta aunque me veas lleno de úlceras y manchado de sangre. Ven y acércate, por favor. Ven y cúrame. Ven y levántame”.

No quiero fijarme ni en el sacerdote ni en el levita. ¡Pobres hombres sin corazón, sin entrañas, sin amor! Nos centraremos en el buen samaritano para después contemplar a Cristo, el primer buen samaritano.

I. SAMARITANO, QUIÉN ES

1) Todo aquel que tiene ojos para ver la miseria del prójimo. ¡Cuántos se ponen vendas para no ver! ¡Cuántos miopes a causa del egoísmo! ¡Señor, que vea! Que nunca cierre mis ojos a las necesidades de mis hermanos, yo que quiero ser buen samaritano.

2) Todo aquel que tiene corazón para enternecerse cuando se encuentra con un hombre herido en el cuerpo y en el alma. ¡Qué corazón no debe tener el sacerdote, en donde debe albergar a todos los marginados de la sociedad! Corazones inmisericordes, duros y cerrados…Dios los desprecia. Líbranos, Señor, de ser ricos epulones, cerrados a tantos Lázaros ulcerosos.

3) Todo aquel que tiene pies para acercarse con reverencia, respeto y admiración al necesitado, al pobre, al que llora, al triste. ¡Cuántas veces el egoísmo nos pone plomo en los pies para no dar un paso ante ese hermano que pide nuestra ayuda! Y preferimos dar un rodeo y sacarle la vuelta.

4) Todo aquel que tiene manos para curar y levantar con delicadeza al caído. ¡Qué consolador llegar al final de mi vida y llevar unas manos llenas de callos y bien curtidas de tanto socorrer al prójimo.

5) Todo aquel que tiene espaldas para cargar al débil y llevarlo al mesón de los sacramentos. ¡Ojalá que cuando se vaya encorvando nuestro cuerpo sea de tanto cargar al débil y no de tanto mirar a la tierra!

II. CRISTO, BUEN SAMARITANO

Así es Cristo.

1) Nos vio tristes, en el pecado y vino a darnos la alegría.

2) Nos vio tirados, y se le enterneció el corazón.

3) Se acercó a nosotros, es más se hizo hombre para poder bajar a nuestra pequeñez. Encarnación = Buen samaritano

4) Nos ha curado con el aceite y el vino de los sacramentos

5) Nos ha elevado y nos ha subido encima de su propia cabalgadura divina, al hacernos hijos de Dios.

6) Al elevarnos nos devuelve la dignidad perdida, el anillo de la gracia y las sandalias de la libertad.

7) Nos conduce al mesón de la Iglesia y de la Legión, para reponernos un poco de las heridas recibidas en la vida y volver a iniciar una vida nueva.

¡Qué bien ha experimentado este amor sanante y elevante Tomas Merton, en un inicio ateo y de vida desenfrenada y loca. Se le acercó el buen samaritano, Cristo, y le levantó de donde estaba caído. Le preguntó: «¿por qué huyes de mí, Tomas?». No supo qué responder. Se convierte a los 23 años y entra en la Trapa de Nuestra Señora de Getsemaní, en Francia.

¡Cómo supo Dios elevar a la dignidad sacerdotal a un Carlos de Foucauld, después de haber vivido en la molicie, en el ocio y en el vicio! Como era teniente tuvo que ir a Marruecos y después a tierra santa. Fue aquí donde el buen samaritano encontró a Carlos. Entró en la trapa y fue ordenado sacerdote en Nazaret, aunque él se consideraba indigno. Sólo quería ser hermanito, el último. Fue el encargado por mucho tiempo de hacer los recados y un mendrugo de pan le era suficiente para todo el día. Desarrolló su ministerio sacerdotal en el África, donde le cogieron prisionero y le dieron un tiro en la cabeza. Moría el gran apóstol del desierto a quien Dios había elevado del fango de la muerte espiritual, a la dignidad sacerdotal.

«El abismo de tu grandeza y mi miseria se tocan en un esfuerzo supremo por alzarme hacia Ti…Nací pecador y me redimiste, caí y me levantaste, llamé y me encontraste».

Como cristianos estamos llamados a levantar a tantos hombres. Creo que no hay nada que llene tanto el corazón de un cristiano como poder levantar a alguien después de que haya caído en el pecado. Es una alegría tan profunda, tan indecible. ¿Soy ya buen samaritano? ¿Tengo ojos, manos….?

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *